Martes, 28 de diciembre de 2010

Esta es la tercera aportación al diario digital Surdecordoba.com

Llama navideña.

 

El poeta José Hierro escribió en el «Preludio» de su necesario poemario Cuaderno de Nueva York que el presente es «llama entre la madera y la ceniza». Así, de este modo, considero estos días, estos momentos finales del año como llama devoradora que se consume rápidamente a sí misma, frente a la madera que espera el año venidero y la ceniza creciente del pasado. Llama que parece identificarse con las múltiples luces decorativas que te recuerdan que en estos días comeremos, beberemos, reiremos, compraremos y regalaremos… y, a modo de resumen, viviremos más que el resto del año. ¡Oh, luces que me recuerdan a San Juan!

¡Oh, lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores,
color y luz dan junto a su querido!

La llama es la lotería que hace ceniza un mal año y promete la mejor madera. La llama es cada comida especial, cada uva de las campanadas y cada felicitación. Pero, como con todo, hay que moderarse, pues quien juega con fuego…

Y hemos de evitar acabar quemados. Por ello, me sorprende que solo me lleguen buenos deseos o mejores intenciones –del mismo modo, confieso, que a mí me dan ganas de anunciar estos buenos propósitos–, ahora y no en el resto del año; en verdad, sucede únicamente porque nos sentimos rodeados por lo que la mayoría de la sociedad imita, guiada o dejada guiar –cuando no por la voluntad cristiana– por la intención económica de los comercios y empresas que quieren hacer su agosto en diciembre, animándote a comprar, a consumir… Por un lado, habrá que extender el dinero lo máximo posible en este momento delicado de la economía –esta crisis ha resultado ser una potente llama que no ha dejado ascua alguna para poder calentar la futura madera– y, por otro lado, la «fatiga» que a uno le da recibir un regalo y que tú no le entregues ninguno, no por motivos económicos, sino por ir contracorriente; en especial, si viene de la madre de cada uno. Como decía, no entiendo que solo estas fechas sean para desear lo mejor y que todo se condicione a ello, como las muestras de felicidad que aparecen en los medios, en especial en la televisión, donde todo cambia y aparecen noticias, que roban tiempo a lo importante en el telediario, sobre cómo evitar los excesos en las cenas de empresas o cómo comerse las uvas. Pese a esto, reconozco que hay cosas que me gustan, como el anís o los dulces de Navidad de Rute, de este pueblo de nuestro sur que cambia su rutina para estos meses y que se esmera por darle vida al chocolate, que se emblandece con el calor; y, ya que lo citamos, me gusta la candela, el fuego en la chimenea, con su llama palpitante y crepitante que atrapa la madera y deja la ceniza sin amargura, porque no quema sino que calienta, dejándonos claro el verdadero motivo de esta llama navideña: aunque todo se vuelva polvo, lo importante es animarse, avivarse sin consumirse del todo. Por esto mismo, mantengamos encendida la llama navideña y tengamos buenos propósitos todo el año y no solo en su parte final.

 



Comentarios