Lunes, 11 de enero de 2016

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TE SALVAN Y LOS ODIAS

(c) Manuel Guerrero Cabrera

 

En un poema decía Andrés Neuman que llegas a los hospitales que «cicatrizan tus heridas mientras otras distintas te hacen daño». Si usted ha tenido que pasar mucho tiempo en uno, como yo, estará de acuerdo con este poeta: «te salvan y los odias».

 

Debe ser esto, el odio, lo que hace que las personas con las que te encuentras estén crispadas de continuo y que uno mismo se percate de que cada vez más la impaciencia y el hastío hacen mella en el ánimo, que se hunde y, como en los versos de Miguel Hernández:

 

entro en los hospitales y entro en los algodones

como en las azucenas.

 

La convivencia es ardua. Que Dios y la fortuna se alíen para que el compañero de habitación sea un primor es fantástico, pero, ay, teme a sus familiares más que a ninguna otra cosa, pues nada te libra de su despreocupación. Es evidente que una cortina no puede silenciar las voces de las personas (aunque estas desconozcan que tienen la capacidad, como seres humanos, de aumentar o disminuir el volumen a voluntad) y que la gente no es consciente de la suciedad que se pueda generar con algo tan habitual como el uso del cuarto de baño por todos los familiares… Imagínense… Como en un pub. No comprendo el motivo del descuido, como si hubiera personas a las que no le importara que allí habiten otras.

 

Pero el asunto adquiere notoriedad si vamos a un baño de cualquier planta. No es lo habitual, pero he llegado a encontrar el papel higiénico, usado o no, depositado en los lugares más insospechados. ¿Qué clase de ímpetu incontrolado hace que el ser humano convierta un aseo en lo menos higiénico de un hospital? Por supuesto, lo he dicho antes: la culpa es de ese odio del alma, que parece convertir a la especie humana en incivilizada.

 

Pero, también, no nos engañemos, todo está en la educación, en el civismo. Si se comprendiera que en un hospital se comparte el espacio, además del desánimo y la esperanza, y si se usara adecuadamente, sería diferente. Animo a que venza la conciencia y que por gusto no se ensucie (la orina es suciedad, que quede claro, al igual que el papel higiénico usado), pues somos seres racionales antes que odiosos... O eso creo.

 

 


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