Jueves, 06 de septiembre de 2007
MANUEL GUERRERO CABRERA
Licenciado en Filología Hispánica.


La religión es uno de los motivos más utilizados por Miguel Hernández en su obra. Su educación en el colegio jesuita, su amistad con Ramón Sijé, con el que compartió la poesía y el teatro[1], y la inclinación del canónigo Almarcha de prestarle libros son algunas de las razones que introdujeron a Miguel en el ambiente católico de Orihuela. Hacia 1934[2] nuestro autor evoluciona ideológicamente influido por Neruda y sus amistades madrileñas, aunque será tras la muerte de Sijé y, en especial, con el estallido de la guerra Civil, cuando Miguel consolide y logre una voz poética armónica (uniendo la influencia recibida de los autores del Siglo de Oro y modernos, de Sijé y de Neruda[3]). En lo que respecta a la obra de carácter religioso anterior a 1937, año en que publica «El niño yuntero», poema que trataremos, en Ayuda[4] e incluido en Viento del Pueblo, su primer libro publicado durante la contienda; escribió varios poemas de diversa calidad[5], junto al interesantísimo auto sacramental Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras, tanto poesía como teatro están enmarcados dentro de la doctrina católica de Sijé y Almarcha[6]. Aunque ya no encontramos poemas propiamente religiosos desde 1936, ni que decir tiene que la influencia acumulada será plasmada en poemas posteriores a la fecha indicada, antes bien con matices anticlericales pero no antirreligiosos, como apuntó Aggor, Miguel «nunca ha perdido su fe en Dios»[7].
Nos centramos en «El niño yuntero», poema donde denuncia la situación de las víctimas más desamparadas: los niños, en especial, los niños yunteros, pobres, como el propio Miguel fue, que tuvo que dejar de estudiar para cuidar unas cabras, como varios niños de la época, cuya situación social les impedía prolongar estudios[8]. En este poema confluyen diversos elementos religiosos que, tras consultar diversas fuentes (que serán mencionadas en su momento), podemos reunir en tres grupos: a) La tierra y el arado, y el olivo; b) Aspectos procedentes del Antiguo Testamento; y c) Aspectos tomados de Cristo o de los Evangelios.

a) La tierra y el arado, y el olivo.

Muchas metáforas hernandianas están relacionadas con las religiones primitivas y su sacralización de la vida orgánica, a causa de su profundo contacto con la vida del campo y el ambiente rural; de ahí que coincida, como apunta Cano Ballesta[9], con el espíritu del mundo clásico griego. La metáfora de la madre como tierra, así como la de la tierra como madre fecundada por el arado aparece en este poema:


Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado. (vv.5-8)

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta. (vv.13-16)[10]


El arado simboliza la fecundación, mientras que la tierra es el elemento femenino, simbolismo procedente de civilizaciones arcaicas basadas en la agricultura «y arranca de concepciones míticas de una religiosidad naturalística»[11].
El olivo es un elemento simbólico que comparte rasgos de la Antigüedad (como símbolo de la victoria y de paz) y del Antiguo Testamento, participando de la divinidad desde ambos puntos de vista[12]. Pero, como alude Perotti, tanto el olivo como la encina proceden de la lírica tradicional, de donde conoce «la tendencia a metaforizar la realidad humana recurriendo a la naturaleza»[13], en correlación con lo anteriormente expuesto por Cano Ballesta. Evidentemente, las almas de Miguel y del niño pertenecen a la naturaleza. Todo lo expuesto (y lo referido al olivo en el siguiente grupo) se relaciona con lo que Chevallier denomina la agricultura de la muerte, se busca una espiritualidad, «la permanencia de […] un alma humana»[14]:


[...] trae a la vida
un alma color de olivo. (vv. 10-11)

revuelve mi alma de encina. (v. 44)


b) Aspectos procedentes del Antiguo Testamento.

Continuando con el olivo, que no es sino la emanación de la tierra de España, cuya fuente de la referida divinidad es la propia condición humana (la de Miguel, la de los niños yunteros), hemos de decir que se relaciona con el árbol de la vida bíblico[15], porque «al hacerse español, el árbol de la vida se ha hecho olivo»[16].


A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.
Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.
Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente. (vv. 29-40)


De la Carrera[17] cree hallar en estos versos ecos de Isaías 53, Cuarto canto del Siervo de Yahvéh[18]: «Creció [...] como una raíz en tierra seca. No tenía forma ni belleza [...]; despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores, familiarizado con la dolencia, [...]. Era maltratado, y él se humillaba y no abría la boca. [...] y de su destino ¿Quién se preocupa?».
En estos versos aparece de nuevo la tierra, en esta ocasión con resonancias del Génesis, concretamente con las palabras de Dios a Adán tras haber descubierto que el hombre había comido el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal: «Maldita será la tierra [...]; con trabajo sacarás de ella el alimento todos los días de tu vida; espinas y cardos te producirá, y la hierba del campo comerás. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste tomado; ya que polvo eres y al polvo volverás»[19]. La voz de la sepultura hernandiana es el polvo al que volverá el niño, porque trabaja (v. 25:«Trabaja, y mientras trabaja»), suda (v.22: «y ya sabe que el sudor») y come el pan (v. 32: «despedaza un pan reñido»). En este pasaje bíblico hallamos una inevitable relación con esta estrofa del poema, donde el juego visual es magnífico (el «veo» articula toda la estrofa, y «declarar con los ojos» consigue que la voz del poeta sea la mirada del niño):

Lo veo arar los rastrojos, --- ...con trabajo [...] espinas y cardos te producirá...
y devorar un mendrugo, --- ...comerás el pan...
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo. --- ...ya que polvo eres y al polvo volverás.

c) Aspectos tomados de Cristo o los Evangelios.

Miguel emplea imágenes y relaciones simbólicas de Cristo con el pobre, en este caso, con el niño yuntero. Así, desde el primer verso se nos describe al niño como «Carne de yugo», más tarde como «Carne de cementerio», concluyendo con la conciencia del chiquillo «declarar con los ojos/ que por qué es carne de yugo». El yugo aparece como la cruz del niño que ha sido ungido de lluvia, será esta unción la que le relacione con Cristo, ya que, mientras «se unge» los pies de barro (a causa de la lluvia), según el Evangelio de San Juan[20], «María, tomando una libra de perfume auténtico de nardo, de mucho precio, ungió los pies de Jesús». Pero no olvidemos que el niño yuntero «se alhaja/de carne de cementerio» y este evangelista también nos dice cómo ungieron a Jesús tras ser bajado de la cruz[21].
De la Carrera[22] ha señalado tres referencias a Cristo en este poema, relacionándolas con tres momentos de la pasión:
...el sudor /es una corona grave (vv. 23-24) à Coronación de espinas.

A fuerza de golpes, fuerte, (v. 29) -- Flagelación.
Me da su arado en el pecho, (v. 49) -- Lanzada en el costado.

La parte final del poema es la propiamente revolucionaria, especialmente con las interrogaciones y la respuesta que deberían corear los combatientes: «Que salga del corazón». De nuevo, De la Carrera ha indicado en el poema tres tipos de actuación del autor que se identifican con los tres caminos expresivos de Viento del Pueblo, referidos éstos a las tres heridas del hombre:

POEMA--------------------------------AUTOR-----------------------------HOMBRE
Me da su arado en el pecho (v.49)-- Lamentación -- Víctima -- La vida.
¿Quién salvará a este chiquillo... (v. 53)-- Exaltación -- Salvador -- El amor.
¿De dónde saldrá el martillo... (v.55)-- Imprecación -- Perseguidor -- La muerte.

Los niños son nuestro futuro y, como cristianos, debemos darle ejemplo de nuestra fe, así como preocuparnos porque todos reciban una educación y no sean víctimas de ninguna guerra ni injusticia social. Recordemos lo que dijo Jesús: «Dejad a los niños y no les impidáis venir a mí; porque el reino de los cielos es de los que son como ellos»[23]. Como Miguel.

[1] Delay, Florence, «El teatro de Miguel Hernández», En torno a Miguel Hernández, Madrid, Castalia, 1978, p. 110. Este asunto lo amplío en mi artículo «El teatro de Miguel Hernández (Relación con el teatro de Lope de Vega y el Siglo de Oro)» en Angélica, 12 (pendiente de publicación).
[2] Hernández, Miguel, Obra completa (Teatro), ed. de A. Sánchez Vidal, J. C. Rovira con la colaboración de C. Alemany, Madrid, Espasa-Calpe, 1992 (II), p. 1192.
[3] Hernández, Miguel, El hombre y su poesía (Antología), ed. de J. Cano Ballesta, Madrid, Cátedra, 1994.
[4] Publicado en el número 44, Madrid, 22-2-1937.
[5] Debido a lo extenso que resulta tratar la poesía religiosa hernandiana, a fin de tener una idea esencial de ella, recomiendo el original artículo de Luisfernando Palma Robles «Vía Crucis con Miguel Hernández» en La voz, 190-191, Lucena, 31-3-2001, pp. 32-33.
[6] En cuanto a la poesía, Aggor, Francis, en «Un barroquismo de Dios: la poesía religiosa de Miguel Hernández» en Rovira, J. C. (coord.), Miguel Hernández. Cincuenta años después de su muerte. Actas del I Congreso Internacional. Comisión de homenaje a M. Hernández, Alicante, Elche, Orihuela, 1993. Respecto al teatro, remito a mi citado artículo para un mayor conocimiento.
[7] Ibíd.
[8] Hernández, Miguel, Obra completa (Poesía), ed. de A. Sánchez Vidal, J. C. Rovira con la colaboración de C. Alemany, Madrid, Espasa-Calpe, 1992 (I), p. 1009-1010. En estas páginas hallamos dos esbozos del poema, en los que el poeta explaya las ideas referidas.
[9] Cano Ballesta, J., La poesía de Miguel Hernández, Gredos, Madrid, 1972, pp. 159-161.
[10] Hernández, M., ob.cit. (I), pp. 560-563. Todos los textos de este poema se han extraído de esta edición.
[11] Cano Ballesta, ob.cit., p. 161. Nos ofrece, además, referencias de Hesíodo, Esquilo y Sófocles acerca de la madre-tierra y el arado.
[12] Chevallier, Marie, Los temas poéticos de Miguel Hernández, Madrid, Siglo XXI editores, 1978, p. 324.
[13] Perotti, Olga, «Notas sobre el uso del léxico rural en la obra teatral de Miguel Hernández» en Estudios sobre Miguel Hernández, Murcia, Universidad, 1992, p.337.
[14] Chevallier, ob. cit., p. 335.
[15] Las referencias al edénico árbol de la vida son escasas, apareciendo casi en su totalidad en el Génesis (2,9. 3, 22. 3,24), y en el libro de los Proverbios 3,18.
[16] Chevallier, ob. cit., p. 323.
[17] De la Carrera Rodríguez, Nicolás, El Dios de Miguel Hernández, Estella, Verbo Divino, 1995.
[18] La Biblia, Círculo de Lectores, 1975, p. 578. Hemos extraído desde el versículo 2 hasta el 9 del texto de Isaías 53.
[19] Ibíd., p. 11, Gén 3, 17-19.
[20] Ibíd., p. 1110, Jn 12, 3.
[21] Ibíd., p. 1118, Jn 19, 40.
[22] De la Carrera Rodríguez, ob. cit.
[23] La Biblia, p. 1024, Mt 19, 14.

Tags: Miguel Hernández, poesía, religión

Publicado por antisanedrita @ 1:01  | Estudios literarios
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