Mi?rcoles, 08 de agosto de 2007

(c) Manuel Guerrero Cabrera

Licenciado en Filología Hispánica.

 

 

Góngora es uno de los mejores sonetistas, no sólo del siglo XVII, sino también de la literatura española. Sus sonetos, en general, tienen como rasgo predominante el artificio cerebral sobre el sentimiento y su construcción (el acabado de la estructura métrica) es perfecta. Lo cultivó desde su juventud y en el Manuscrito Chacón (1) trece pertenecen a 1582, amorosos y realizados imitando a poetas italianos (2). A partir de 1586 hallaremos los sonetos más personales, porque podemos seguir la evolución del poeta por ellos. «Los ciento sesenta y siete reconocidos y los cincuenta sonetos atribuidos representan, además, un documento de toda una época y la encarnación de una de las poéticas prevalecientes de su tiempo» (3). En otras palabras, hallamos el reflejo de varias facetas del autor y su evolución, pero no hallamos ningún trasluz de sus sentimientos, predominando la correcta estructura de la composición. En el presente artículo nos circunscribimos únicamente a los sonetos sacros o religiosos, con el fin de darlos a conocer a los lectores y agrupar datos en torno a ellos.

No se halla suficiente información ni atención acerca de esta poesía religiosa (4). Un manual ya clásico en la literatura española, como el Alborg(5), no refiere nada de los sonetos religiosos. Biruté Ciplijauskaité simplemente señala que:

 

Los sonetos sacros apenas merecen mención. Son pocos, y casi todos escritos para un certamen. No exaltan la figura o las virtudes del cantado, sino que también aquí acumulan detalles descriptivos o aprovechan un juego conceptista (6).

 

En el Manuscrito Chacón hallamos los siguientes sonetos bajo el epígrafe de sacros: «A la Purissima Concepcion de Nuestra Señora», «Al nacimiento de Christo, Nuestro Señor», «Al monte Santo de Granada» y «A la rigurosa acción con que S. Ignacio reduxo un peccador» (7). Atendamos cada soneto detenidamente.

 

«A la Purísima Concepción de Nuestra Señora»

Verso ajeno: Virgen pura, si el Sol, Luna y estrellas.

GLOSA:

Si ociosa no, asistió Naturaleza
incapaz a la tuya, ¡oh gran Señora!,
concepción limpia, donde ciega ignora
lo que muda admiró de tu pureza.

Diganlo, ¡oh Virgen!, la mayor belleza
del día, cuya luz tu manto dora,
la que calzas nocturna brilladora,
los que ciñen carbunclos tu cabeza.

Pura la Iglesia ya, pura te llama
la Escuela, y todo pío afecto sabio
cultas en tu favor da plumas bellas.

¿Qué mucho, pues, si aun hoy sellado el labio,
si la naturaleza aun hoy te aclama
Virgen pura, si el Sol, Luna y estrellas? (8)

 

Este soneto lo denunció el Padre Pineda, que tenía rencor a nuestro poeta por un poema satírico que le dedicó: «Dice que la naturaleza de la Santísima Virgen fue incapaz de la limpieza de su concepción, aunque fue limpia». Esto se debió a una mala interpretación por una puntuación equivocada (9). En el siglo XVII, el interés, fervor y devoción de la Inmaculada fue despertándose y, además, la impulsaron destacadas personas de la iglesia, como los arzobispos de Granada, Vaca de Castro y González de Mendoza. Un inmaculista fue el doctor Vaca de Alfaro, organizador de unas justas poéticas precisamente en honor de la Inmaculada Concepción, que el 15 de enero de 1617 llamó a los poetas cordobeses, al que respondió Góngora con un soneto que ya tenía compuesto (10) y que fue muy aplaudido en dicho certamen.

 

 

«Al nacimiento de Cristo Nuestro Señor»
Pender de un leño, traspasado el pecho
y de espinas clavadas ambas sienes,
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho;

pero más fue nacer en tanto estrecho
donde, para mostrar en nuestros bienes
a dónde bajas y de dónde vienes,
no quiere un portalillo tener techo.

No fue esta más hazaña, oh gran Dios mío,
del tiempo, por haber la helada ofensa
vencido en flaca edad con pecho fuerte

(que más fue sudar sangre que haber frío),
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre, que de hombre a muerte.

De este soneto, que también fue denunciado por el padre Pineda, apunta Orozco que este poema «no parece obedecer a un impulso o exigencia externa, aunque hace inicialmente pensar en composición para certamen, sino a un espontáneo gusto o necesidad expresiva» (11). No parece propio de un certamen, debido a su indiscutible genio y a la emoción que posee el poema. El Manuscrito Chacón lo fecha en torno a 1606. Anotamos el análisis de la estructura que realiza Orozco:

 

La estructura del soneto, aunque sin violencias sintácticas chocantes y con gradual y equilibrada distribución del pensamiento a través de sus versos, obedece, sin embargo, al sentido manierista que mantiene hasta el final la expresión de la idea central que quiere resaltar.[...] de Dios a hombre que de hombre a muerte. La estructura simétrica de este verso bimembre final refuerza la expresión contrastada, sorprendente, con la rotundidad que le presta su ritmo acentual, erigiéndose así como la nota culminante de pensamiento y de tono. (12)

 

«Al monte Santo de Granada»

Este monte de cruces coronado,
cuya siempre dichosa excelsa cumbre
espira luz y no vomita lumbre,
Etna glorioso, Mongibel sagrado,

trofeo es dulcemente levantado,
no ponderosa grave pesadumbre,
para oprimir sacrílega costumbre
de bando contra el cielo conjurado.

Gigantes miden sus ocultas faldas,
que a los cielos hicieron fuerza, aquella
que los cielos padecen fuerza santa.

Sus miembros cubre y sus reliquias sella
la bien pasada tierra. Veneradlas
con tiernos ojos, con devota planta.

 

Con el hallazgo de cenizas y restos humanos de San Cecilio, San Tesifón y otras personas relacionadas con el catolicismo, el fervor de la gente de Granada creció especialmente por el ímpetu y promoción del arzobispo Vaca de Castro, que protegía a escritores. Esto ocurría en torno a 1595, fecha en la que debió escribir el soneto. En cuanto a la estructura del poema, comienza con la visión de las cruces, a fin de concluir con la imagen de espirar luz y no vomitar lumbre. La idea de este soneto está en esta idea mitológica, puesto que el monte granadino esconde dentro a los santos que quisieron ganar el cielo, mientras que el Etna o el Mongibelo son montes que oprimen a los gigantes que se conjuraron contra el cielo (13). El soneto concluye con la petición al caminante de que se postro ante el lugar que contiene los restos de estos santos. Finalmente, queremos indicar que el soneto parece frío hoy, debido a su gran perfección técnica; aunque subrayamos los aciertos del verso primero y la exhortación del verso final al devoto visitante del lugar.

 

 

«A la rigurosa acción con que San Ignacio redujo a un pecador»
Verso ajeno:
Ardiendo en aguas muertas llamas vivas.
GLOSA
En tenebrosa noche, en mar airado
través diera un marinero ciego,
dulce voz y de homicida ruego,
de Sirena mortal lisonjeado,

si el fervoroso celador cuidado
del grande Ignacio no ofreciera luego
(farol divino) su encendido fuego
los cristales de un estanque helado.

Trueca las velas el bajel perdido
y escollos juzga que en el mar se lavan
las voces que en la arena oye lascivas;

besa el puerto, altamente conducido
de las que, para Norte suyo, estaban
ardiendo en aguas muertas llamas vivas.

 

Este soneto se compuso para un certamen convocado en Sevilla en enero de 1610, a fin de festejar la beatificación de San Ignacio de Loyola. El primer premio se le asignó a Jáuregui injustamente, de lo que se quejaron varios poetas. En la publicación de los sonetos de este certamen, el primero que figuró fue el de Luis de Góngora, lo que incide en este aspecto. Además, fue Góngora el que dirigió un soneto, cuyo primer verso fue «Yo, en justa injusta expuesto a la sentencia», al padre Pineda, que fue el que realmente hizo que el premio se le otorgara a Jáuregui (14). La reacción de Góngora se explica como un desengaño provocado por su deseo de participar en todas las oportunidades que se le ofrecían, con el fin de poner en práctica su dominio formal y de estructura de las composiciones poéticas (y los certámenes eran ideales para lucir estas habilidades), en especial, por su mala etapa vivida en la Corte, deseando recobrar una paz que perdió en ella. Respecto al soneto, hemos de destacar que «no encontraremos [...] emoción religiosa ni tierno fervor, pero sí el tono grave y sentencioso conceptista que pedía el cartel del certamen y asimismo la perfecta adaptación de ritmo, imágenes y tono al verso impuesto como fin del soneto» (15). Tiende a lo descriptivo, priman los hipérbatos y sobresale la imagen tomada del tópico horaciano, que Góngora prolonga con gran maestría durante la composición.

Como hemos podido ver, aunque no todos tengan el mismo nivel, los sonetos sacros siguen la línea del resto de sonetos gongorinos: construcción estructural del soneto perfecta, ninguna (o escasa) manifestación perceptible de emoción religiosa y dominio absoluto de la técnica.

 

NOTAS:

(1) «Don Antonio Chacón, señor de Polvoranca, gran amigo de Góngora, había reunido todas las poesías de éste en un manuscrito, para regalárselo al conde-duque, precisando la fecha de cada composición, para lo cual –según declara el colector– consultó con el propio poeta. La afirmación debe ser cierta, puesto que la cronología del manuscrito es, en general, exacta o muy aproximada». J. L. Alborg, Historia de la literatura española. Época Barroca, Tomo II, Madrid, Gredos, 1977, p. 524.

(2) J. L. ALBORG, ob. cit., p. 547.

(3) Luis de GÓNGORA, Sonetos completos, edición, introducción y notas de Biruté Ciplijauskaité, Madrid, Castalia, 2001, p. 3.

(4) Apuntamos dos estudios realizados acerca de la poesía religiosa de Góngora, que no hemos podido consultar: J. M. CAMACHO PADILLA, «La poesía religiosa de D. Luis de Góngora», BRAC, VI, nº18, 1927, pp. 33-54; S. LORING, La poesía religiosa en D. Luis de Góngora, Córdoba, 1961.

(5) J. L. ALBORG, ob. cit. Los sonetos se tratan entre las páginas 547-551.

(6) L. De GÓNGORA, ob. cit., p.23.

(7) Luis de GÓNGORA, Obras de D. Luis de Góngora. Tomo I [Manuscrito], por D. Antonio Chacón Ponce de León, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (Edición virtual).

(8) L. De GÓNGORA, ob. cit., edic., introd. y notas de B. Ciplijauskaité, p. 240. Todos los sonetos siguen esta edición.

(9) Ibíd.

(10) Emilio OROZCO DÍAZ, Los sonetos de Góngora (Antología Comentada), edición e introducción de José Lara Garrido, Córdoba, Colección de Estudios Gongorinos nº1, 2002, p.234. Se señala que Chacón propone la fecha de 1614, pero es posible que debamos fecharlo en 1615, año en el que se dieron varias manifestaciones religiosas sobre esta cuestión con fiestas y certámenes, cuya raíz –señala Orozco–fue el sermón que un dominico había pronunciado y en el que había negado la concepción inmaculada de María. Agradezco a Juan Beret que me haya facilitado este libro.

(11) E. OROZCO, ob. cit., p. 167

(12) E. OROZCO, ob. cit., p. 168.

(13) E. OROZCO, ob. cit., p. 157.

(14) En la edición de B. Ciplijauskaité (p. 238), se apunta que también pudo otorgarse el premio a Juan de Arguijo, que no figura en la lista de participantes; reseñando el dato que no aparezca el nombre del ganador en la Relación de las fiestas.

(15) E. OROZCO, ob.cit., p. 209.

 

Publicado en Servitas, 7, 2006, pp. 38-41.


Tags: Góngora, poesía, siglo XVII, siglo de oro, religión

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Comentarios
Publicado por Un_invitado
Mi?rcoles, 08 de agosto de 2007 | 15:59
Enhorabuena por sus escritos, me han resultado de gran inter?s y entretenimiento. Le animo para que siga con su prometedora carrera literaria.